lunes, 27 de enero de 2020

HUME: TRATADO SOBRE LA NATURALEZA HUMANA (ABSTRACT)

David Hume
Abstract (Resumen) de un Tratado sobre la Naturaleza Humana

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Este libro parece estar escrito según el mismo plan que otras varias obras que han tenido gran boga durante los últimos años en Inglaterra. El espíritu filosófico, que tanto ha progresado en toda Europa durante los últimos ochenta años, ha sido llevado dentro de este reino tan lejos como en cualquier otro. Nuestros escritores parecen incluso haber puesto en marcha una nueva clase de filosofía, que promete más que cualquier otra de las que el mundo ha conocido hasta ahora, tanto para el entretenimiento como para el progreso del género humano.

La mayoría de los filósofos de la antigüedad, que trataron de la naturaleza humana, han manifestado más que una profundidad de razonamiento o reflexión, una delicadeza de sentimiento, un justo sentido de la moral, o una grandeza del alma. Se contentaron con representar el sentido común del género humano a la más viva luz y con el mejor giro de pensamiento y expresión, sin seguir fijamente una cadena de proposiciones u ordenar las diversas verdades según una ciencia regular. Por tanto, vale la pena, al menos, ensayar si la ciencia del hombre no admitirá la misma precisión que ha resultado susceptible de aplicación a varias partes de la filosofía natural. Parece asistirnos toda la razón del mundo al imaginar que podía ser llevada al más alto grado de exactitud. SI, al examinar diferentes fenómenos, descubrimos que se resuelven en un solo principio común, y si podemos inferir este principio de otro, llegaremos, al final, a aquellos pocos principios simples, de los que depende todo el resto. Y, aunque nunca podamos llegar a los últimos principios, es una satisfacción ir tan lejos como nuestras facultades nos lo permitan.

Este parece haber sido el propósito de nuestros últimos filósofos y, entre ellos, el de este autor. El se propone hacer la anatomía de la naturaleza humana de una manera metódica y promete no sacar conclusiones sino allí donde le autorice la experiencia. Habla con desprecio de las hipótesis; e insinúa que aquellos de nuestros compatriotas que las han desterrado de la filosofía de la moral, han hecho al mundo un servicio más señalado que Milord Bacon, a quien considera como el padre de la física experimental. Menciona, en esta ocasión, a Mr. Locke, Milord Schaftesbury y al Dr. Mandeville, a Mr. Hutcheson, al Dr. Butler, quienes, aunque difieren en muchos puntos entre sí, parecen estar de acuerdo en fundar enteramente en la experiencia sus precisas disquisiciones sobre la naturaleza humana.

Junto a la satisfacción de conocer lo que más de cerca nos concierne, puede afirmarse con seguridad que casi todas las ciencias están comprendidas en la ciencia de la naturaleza humana y son dependientes de ella. El único fin de la lógica es el de explicar los principios y operaciones de nuestra facultad de razonar y la naturaleza de nuestras ideas; la moral y la crítica consideran nuestros gustos y sentimientos; y la política considera a los hombres en cuanto unidos en sociedad y dependientes los unos de los otros. Por consiguiente, este tratado de la naturaleza humana parece concebido con vistas a un sistema de las ciencias. El autor ha concluido lo que se refiere a la lógica y ha puesto los fundamentos de las otras partes en su tratamiento de las pasiones.

El célebre señor Leibniz ha observado que hay un defecto en los sistemas ordinarios de lógica: que son muy abundantes cuando explican las operaciones del entendimiento en la formación de las demostraciones, pero son demasiado concisos cuando tratan de las probabilidades y de estos otros grados de evidencia, de los cuales dependen enteramente nuestra vida y nuestra acción y que son nuestros guías incluso en la mayoría de nuestras especulaciones filosóficas. Incluye en esta crítica el Ensayo sobre el Entendimiento Humano, la Investigación de la verdad y el Arte de pensar. El autor del Tratado de la Naturaleza Humana parece haber advertido este defecto en esos filósofos y se ha esforzado en remediarlo en la medida de lo posible. Como su libro contiene gran número de especulaciones muy nuevas y notables será imposible dar al lector una idea justa de todo. Así, nos limitaremos principalmente a su explicación de nuestros razonamientos de causa y efecto. Si logramos hacerla inteligible al lector, ella podrá servir de ejemplo para la obra entera.

Nuestro autor comienza con algunas definiciones. Llama percepción a todo lo que puede estar presente en la mente, sea que empleemos nuestros sentidos, o que estemos movidos por la pasión o que ejerzamos nuestro pensamiento y nuestra reflexión. Divide nuestras percepciones en dos clases, a saber, las impresiones y las ideas. Cuando sentimos una pasión o una emoción de cualquier clase, o cuando las imágenes de los objetos externos nos son traídas por nuestros sentidos, la percepción de la mente es lo que él llama impresión, que es una palabra que él emplea en un nuevo sentido. Cuando reflexionamos sobre una pasión o sobre un objeto que no está presente, esta percepción es una idea. Por consiguiente, las impresiones son nuestras percepciones vivas y fuertes; las ideas son las más tenues y más débiles. Esta distinción es evidente, tan evidente como la que hay entre sentir y pensar.

La primera proposición que adelanta es que todas nuestras ideas, o percepciones débiles, son derivadas de nuestras impresiones o percepciones fuertes, y que jamás podemos pensar en cosa alguna que no la hayamos visto fuera de nosotros o sentido en nuestras mentes. Esta proposición parece ser equivalente a la que el señor Locke se ha empeñado con tanto esfuerzo en establecer, esto es, que no hay ideas innatas. Sólo se puede señalar como una inexactitud de este famoso filósofo que comprende todas nuestras percepciones bajo el término idea, en cuyo sentido es falso que no ten~ gamos ideas innatas. Pues es evidente que nuestras percepciones más fuertes o impresiones son innatas, y que la afección natural, el amor a la virtud, el resentimiento y todas las otras pasiones surgen inmediatamente de la naturaleza. Estoy persuadido de que quienquiera que considere la cuestión bajo este aspecto será fácilmente capaz de reconciliar todas las partes. El padre Malebranche tendría dificultad en señalar un solo pensamiento de la mente que no represente algo anteriormente sentido por ella, sea internamente, sea por medio de los sentidos externos; y tendría que admitir que, aunque podamos combinar, mezclar y aumentar o disminuir nuestras ideas, todas ellas son derivadas de estas fuentes. El señor Locke, por otra parte, reconocería gustoso que todas nuestras pasiones son una clase de instintos naturales, que no derivan de otra cosa que de la constitución original de la mente humana.

Nuestro autor piensa que «ningún descubrimiento podría haberse hecho más felizmente para decidir todas las controversias relativas a las ideas, que éste de que las impresiones siempre son anteriores a las ideas y que cada idea con que esté equipada la imaginación ha hecho su aparición primero en una impresión correspondiente. Estas últimas percepciones son todas tan claras y evidentes que no admiten controversia alguna; mientras que muchas de nuestras Ideas son tan oscuras que, hasta para la mente que las forma, es casi imposible decir exacta-mente su naturaleza y su composición». De acuerdo con ello, cuando alguna idea es ambigua, el autor siempre ha recurrido a la impresión, que ha de tornar clara y precisa la idea. Y cuando sospecha que un término filosófico no tiene idea alguna aneja a él (lo que es muy común), pregunta siempre: ¿de qué impresión deriva esta idea? Y si no puede aducir ninguna impresión, concluye que el término carece absolutamente de significación. Es de esta manera como examina nuestra idea de sustancia y de esencia; y sería de desear que este método riguroso fuese más practicado en todos los debates filosóficos.

Es evidente que todos los razonamientos concernientes a cuestiones de hecho están fundados en la relación de causa y efecto, y que no podemos nunca inferir de la existencia de un objeto, la de otro, a menos que haya entre los dos una conexión, mediata o inmediata. Si queremos, por consiguiente, comprender estos razonamientos, es menester que nos familiaricemos con la idea de una causa; y para esto debemos mirar en torno nuestro para encontrar algo que sea la causa de otra cosa.

He aquí una bola de billar colocada sobre la mesa, y otra bola que se mueve hacia ella con rapidez: chocan; y la bola que al principio estaba en reposo adquiere ahora un movimiento. Es éste un ejemplo de la relación de causa y efecto tan perfecto como cualquiera de los conocidos, ya por la sensación, ya por reflexión. Detengámonos, por consiguiente, a examinarlo. Es evidente que las dos bolas se han tocado antes de que fuese comunicado el movimiento, y que no hay intervalo entre el choque y el movimiento. La contigüidad en el tiempo y en el espacio es, pues, una circunstancia exigida para la acción de todas las causas. Es de igual evidencia que el movimiento que fue la causa, es anterior al movimiento que fue el efecto. La prioridad en el tiempo es, pues, otra circunstancia exigida en cada causa. Pero esto no es todo. Hagamos el ensayo con otras bolas cualesquiera de la misma clase en una situación similar y comprobaremos siempre que el impulso de la una produce movimiento en la otra. Hay, entonces, aquí una tercera circunstancia: una conjunción constante entre la causa y el efecto. Todo objeto semejante a la causa produce siempre algún objeto semejante al efecto. Fuera de estas tres circunstancias de contigüidad, prioridad y conjunción constante, nada puedo descubrir en esta causa. La primera bola está en movimiento: toca a la segunda; inmediatamente la segunda se pone en movimiento; y cuando intento el experimento con las mismas bolas o con bolas parecidas, en circunstancias iguales o parecidas, compruebo que al movimiento y contacto de una de estas bolas siempre sigue el movimiento de la otra. Por más vueltas que dé al asunto y por más que lo examine nada más puedo descubrir.

Tal es el caso cuando la causa y el efecto están, ambos, presentes a los sentidos. Veamos ahora en qué se funda nuestra inferencia cuando, de la presencia del uno, concluimos que ha existido o existirá el otro. Supongamos que veo una bola moviéndose en línea recta hacia otra: concluyo inmediatamente que van a chocar y que la segunda se pondrá en movimiento. Hay aquí una inferencia de causa a efecto; y de esta naturaleza son todos nuestros razonamientos en la conducta de la vida; en ella está fundada toda nuestra creencia en la historia; y de ella deriva toda la filosofía, con la sola excepción de la geometría y la aritmética. Si podemos explicar esta inferencia a partir del choque de dos bolas, seremos capaces de dar cuenta de esta operación de la mente en todos los otros casos.
Si hubiese sido creado un hombre, como Adán, con pleno vigor del entendimiento, pero sin experiencia, nunca sería capaz de inferir el movimiento de la segunda bola del movimiento y del impulso de la primera. No se trata de que algo que la razón vea en la causa sea lo que nos hace inferir el efecto. Tal inferencia, si fuera posible, equivaldría a una demostración, al estar fundada únicamente en la comparación de las ideas. Pero ninguna inferencia de causa a efecto equivale a una demostración. De lo cual hay esta prueba evidente: la mente puede siempre concebir que un efecto se sigue de una causa, y también que un acontecimiento sigue después de otro; todo lo que concebimos es posible, al menos en sentido metafísico; pero donde quiera que tiene lugar una demostración, lo contrario es imposible e implica contradicción. Por consiguiente, no hay demostración para la conjunción de causa y efecto. Y es este un principio generalmente admitido por los filósofos.

Por tanto, para Adán (de no estar inspirado) hubiera sido necesario que hubiese tenido experiencia del efecto que siguió del impulso de estas dos bolas. Hubiera tenido que haber visto, en varios casos, que cuando la primera bola golpeaba a otra, la segunda adquiría siempre movimiento. Si hubiera visto un número suficiente de casos de esta clase, siempre que viese la primera bola moverse hacia la otra concluiría, sin vacilación, que la segunda adquiría movimiento. Su entendimiento se anticiparía a su vista y formaría una conclusión adecuada a su experiencia pasada. Se sigue, pues, que todos los razonamientos concernientes a la causa y al efecto están fundados en la experiencia, y que todos los razonamientos sacados de la experiencia están fundados en la suposición de que el curso de la naturaleza continuará siendo uniformemente el mismo. Concluimos que causas semejantes, en circunstancias semejantes, producirían siempre efectos semejantes. Puede valer la pena considerar un momento lo que nos determina a formular una conclusión de tan infinita consecuencia.

Es evidente que Adán, con toda su ciencia, jamás habría sido capaz de demostrar que el curso de la naturaleza ha de continuar siendo uniformemente el mismo y que el futuro ha de estar en conformidad con el pasado. Lo que es posible nunca puede ser demostrado que sea falso; es posible que el curso de la naturaleza pueda cambiar, pues somos capaces de concebir tal cambio. Y bien, iré más lejos: afirmo que Adán tampoco podría probar, por un argumento probable, que el futuro ha de estar en conformidad con el pasado. Todos los argumentos probables están apoyados en la suposición de que existe esta conformidad entre el futuro y el pasado; y por consiguiente, nunca pueden probarla. Esta conformidad es una cuestión de hecho; y si se trata de probarla, no admitirá prueba alguna que no proceda de la experiencia. Pero nuestra experiencia en el pasado no puede ser prueba de nada para el futuro, a no ser bajo la suposición de que hay entre ellos semejanza. Por consiguiente, es este un punto que no puede admitir prueba en absoluto, y que nosotros damos por sentado sin prueba alguna.

Estamos determinados solamente por la costumbre a suponer el futuro en conformidad con el pasado. Cuando veo una bola de billar moviéndose hacia otra, mi mente es llevada inmediatamente por el hábito hacia el efecto ordinario y se anticipa a mi vista concibiendo la segunda bola en movimiento. No hay nada en esos objetos, abstractamente considerados y con independencia de la experiencia, que me lleve a formar una tal conclusión: y aún después de haber tenido la experiencia de muchos de esos efectos repetidos, no hay ningún argumento que me determine a suponer que el efecto será conforme a la experiencia pasada. Las fuerzas por las que operan los cuerpos son enteramente desconocidas. Solamente percibimos sus cualidades sensibles: ¿Qué razón tenemos para pensar que las mismas fuerzas estarán siempre unidas a las mismas cualidades sensibles?.

No es, pues, la razón, la guía de la vida, sino la costumbre. Solamente ella determina a la mente a suponer, en todos los casos, que el futuro es conforme al pasado. Por fácil que pueda parecer este paso, la razón no será capaz de hacerlo, en toda la eternidad.

Es este un descubrimiento muy curioso, pero nos conduce a otros que son todavía más curiosos. Cuando veo una bola de billar moviéndose hacia otra, mi mente es inmediatamente llevaba por el hábito hacia el efecto ordinario y se adelanta a mi vista concibiendo la segunda bola en movimiento. Pero ¿es esto todo? ¿No hago otra cosa que concebir el movimiento de la otra bola? No, ciertamente. También creo que ella se moverá. ¿Qué es, entonces, esta creencia? ¿Y en qué difiere ella de la simple concepción de una cosa? He aquí una cuestión nueva no pensada por los filósofos.

Cuando una demostración me convence de una proposición no solamente me hace concebir la proposición, sino que también me hace comprender que es imposible concebir una cosa contraria. Aquello que es falso por demostración implica una contradicción; y lo que implica una contradicción no puede concebirse. Pero en lo que respecta a una cuestión de hecho, por fuerte que sea la prueba que proporciona la experiencia, puedo siempre concebir lo contrario, aunque no siempre pueda creerlo. La creencia establece, pues, una cierta diferencia entre la concepción a la que asentimos y aquélla a la cual no asentimos.

Para explicar esto no hay más que dos hipótesis. Se puede decir que la creencia agrega alguna idea nueva a aquéllas que podemos concebir sin darles nuestro asentimiento. Pero esta hipótesis es falsa. Cuando simplemente concebimos un objeto, lo concebimos en todas sus partes. Lo concebimos tal como podría existir aunque no creamos que exista. Nuestra creencia en él no descubrirá cualidades nuevas. Podemos pintar el objeto entero en la imaginación sin creer en él. Podemos, en cierto modo, ponerlo ante nuestros ojos, con toda circunstancia de tiempo y lugar. Este es el objeto verdadero concebido tal cual podría existir; y cuando creemos en él, nada más podemos hacer.

En segundo lugar, tiene la mente la facultad de juntar todas las ideas que no envuelven contradicción; y por consiguiente, si la creencia consistiera en cierta idea que agregáramos a la simple concepción, tendría el hombre el poder, mediante la adición de esta idea a la concepción, de creer cualquier cosa que fuera capaz de concebir.
Entonces, puesto que la creencia implica una concepción y es, sin embargo, algo más; y puesto que ella no agrega ninguna idea nueva a la concepción, se sigue que es una manera diferente de concebir un objeto; es algo que se puede distinguir por el sentimiento, y que no depende de nuestra voluntad, como ocurre con todas nuestras ideas. Mi mente pasa, por hábito, del objeto visible de una bola que se mueve hacia otra, al efecto ordinario del movimiento en la segunda bola. No sólo concibe ese movimiento, sino que siente en la concepción de él algo diferente de un mero ensueño de la imaginación. La presencia de este objeto visible y la conjunción constante de este efecto particular hacen la idea diferente por el sentimiento de esas ideas vagas que llegan a la mente sin ninguna introducción. Esta conclusión parece un tanto sorprendente, pero hemos sido conducidos a ella por una cadena de proposiciones que no admite duda alguna. Para aliviar la memoria del lector las resumiré brevemente. Ninguna cuestión de hecho puede ser probada sino por su causa o por su efecto. Sólo por su experiencia conocemos que una cosa es la causa de otra. No podemos dar ninguna razón para extender al futuro nuestra experiencia del pasado; pero estamos enteramente determinados por la costumbre cuando concebimos que un efecto se sigue de su causa habitual. Pero creemos también que ese efecto se sigue de ella tal como lo concebimos. Esta creencia no agrega ninguna idea y constituye una diferencia por el sentimiento o feeling. Por consiguiente, en todas las cuestiones de hecho, la creencia nace solamente de la costumbre y es una idea concebida de una manera particular.

Nuestro autor procede a explicar la manera o sentimiento, que hace a la creencia diferente de una concepción vaga. Parece darse cuenta de que es imposible describir con palabras este sentimiento, del que cada uno debe ser consciente en su propio corazón. Ora lo llama una concepción más fuerte, ya una concepción más viva o más vívida, o más firme, o también una concepción más intensa. A decir verdad, cualquiera que sea el nombre que podamos dar a este sentimiento que constituye la creencia, nuestro autor considera evidente que este sentimiento tiene sobre la mente un efecto más potente que la ficción y que la pura concepción. Esto lo prueba por su influencia sobre las pasiones y sobre la imaginación, las cuales son movidas por la verdad o por aquello que se toma como tal. La poesía, con todo su arte, jamás puede causar una pasión como las de la vida real. Ella presenta una deficiencia en su concepción original de los objetos, a los cuales jamás se siente de la misma manera que aquellos que imponen nuestra creencia y nuestra opinión.

Nuestro autor se jacta de haber probado suficientemente que las ideas a las que asentimos son diferentes de las otras ideas por el sentimiento, y que este sentimiento es más firme y más vivo que nuestra concepción común, y se esfuerza, luego, en explicar las causas de este sentimiento vivo por analogía  
con otros actos de la mente. Su razonamiento parece ser curioso; pero sería difícil hacerlo inteligible para el lector, o por lo menos probable, sin una larga disgresión que excedería los límites que me he impuesto a mí mismo.

Igualmente he omitido muchos argumentos que el autor aduce para probar que la creencia consiste únicamente en un sentimiento o feeling peculiar. Solamente mencionaré uno: nuestra experiencia pasada no es siempre uniforme. Unas veces, un efecto se sigue de una causa; otras es otro: en este caso, siempre creemos que existirá lo que es más común. Veo una bola de billar moviéndose hacia otra. No puedo distinguir si se mueve sobre su eje o si ha sido impulsada de manera que se deslice sobre la superficie de la mesa. Sé que en el primer caso, ella no se detendrá después del choque. En el segundo, es posible que se detenga. El primero es el más común y, en consecuencia, me dispongo a contar con ese efecto. Pero también concibo el otro efecto, y lo concibo como posible y como conectado con la causa. Si una concepción no fuera diferente de la otra por el sentimiento o feeling, no habría entre ellas diferencia alguna.

En todo este razonamiento nos hemos limitado a la relación de causa a efecto tal como se descubre en los movimientos y operaciones de la materia. Pero el mismo razonamiento se extiende a las operaciones de la mente. Ya se considere la influencia de la voluntad en el movimiento de nuestro cuerpo o en el gobierno de nuestro pensamiento, puede afirmarse con toda seguridad que nunca podríamos predecir el efecto de la sola consideración de la causa, sin experiencia. Aún después de tener experiencia de estos efectos, es sólo la costumbre, no la razón, quien nos determina a hacer de ella la regla de nuestros juicios futuros. Cuando la causa está presente, la mente, por hábito, pasa inmediatamente a la concepción del efecto ordinario y a la creencia de él. Esta creencia es algo diferente de la concepción. Sin embargo, no le agrega idea alguna. Sólo hace que la sintamos diferentemente, y la torna más fuerte y más viva.

Después de haber terminado con este punto esencial referente a la naturaleza de la inferencia de causa a efecto, vuelve nuestro autor sobre sus pasos y examina de nuevo la idea de esta relación. Cuando hemos considerado el movimiento comunicado de una bola a otra, no hemos podido descubrir en él otra cosa que contigüidad, prioridad de la causa y conjunción constante. Pero, además de estas circunstancias, se supone comúnmente que hay una conexión necesaria entre la causa y el efecto y que la causa posee algo que llamamos un poder, o fuerza o energía. La cuestión es ¿qué idea está ligada a estos términos? Si todas nuestras ideas y pensamientos derivan de nuestras impresiones, este poder tiene que descubrirse o bien a nuestros sentidos o bien a nuestro sentimiento interno. Pero tan escasamente se descubre a los sentidos poder alguno en las operaciones de la materia, que los cartesianos no han tenido escrúpulos en afirmar que la materia está totalmente desprovista de energía y que todas sus operaciones son efectuadas únicamente por la energía del Ser supremo. Pero la cuestión vuelve a surgir de nuevo: ¿Qué idea tenemos de la energía o del poder, incluso en el Ser supremo? Toda nuestra idea de una deidad (de acuerdo con aquéllos que niegan las ideas innatas) no es más que una composición de aquellas ideas que adquirimos reflexionando sobre las operaciones de nuestras propias mentes. Ahora bien, nuestras propias mentes no nos suministran más noción de energía que la que nos suministra la materia. Si consideramos nuestra voluntad o volición a priori haciendo abstracción de la experiencia, nunca seremos capaces de inferir de ella efecto alguno. Y si recurrimos a la ayuda de la experiencia, ésta nos muestra solamente objetos contiguos, sucesivos y constantemente unidos. En suma, pues, o bien no tenemos en absoluto la idea de la fuerza y de la energía, y estas palabras carecen enteramente de significación; o bien no pueden significar otra cosa que aquella determinación del pensamiento, adquirida por el hábito, a pasar de la causa a su efecto ordinario. Pero todo aquél que quiera entender a fondo esto deberá consultar al autor mismo. Para mí es suficiente si logro hacer captar a la gente ilustrada, que hay en esta cuestión cierta dificultad, y que quien pretenda resolverla deberá decirnos algo muy nuevo y extraordinario, algo tan nuevo como la dificultad misma.

Por todo lo que se ha dicho, advertirá fácilmente el lector que la filosofía contenida en ese libro es muy escéptica y tiende a darnos una noción de las imperfecciones y de los límites estrechos del entendimiento humano. Casi todo el razonamiento está aquí reducido a la experiencia; y la creencia que acompaña a la experiencia es explicada como no otra cosa que un sentimiento peculiar, o una concepción viva producida por el hábito. Por cierto, esto no es todo: cuando creemos en una cosa de existencia externa, o suponemos que un objeto existe un momento después de no ser ya percibido, esta creencia no es otra cosa que un sentimiento de la misma especie. Nuestro autor insiste en otros varios tópicos escépticos; y, en suma, concluye que asentimos a nuestras facultades y que empleamos nuestra razón únicamente porque no podemos impedirlo. La filosofía haría de todos nosotros unos pirronianos completos, si la naturaleza no fuera demasiado fuerte para impedirlo.

Terminaré con la lógica de este autor, comentando dos posiciones que parecen ser peculiares de él como, por lo demás, lo son muchas de sus opiniones. Afirma que el alma, en cuanto podemos concebirla, no es sino un sistema o serie de percepciones diferentes tales como las del frío y calor, amor y odio, pensamientos y sensaciones, todas unidas en conjunto, pero sin una simplicidad o identidad perfectas. Descartes sostenía que el pensamiento era la esencia de la mente, no tal o cual pensamiento, sino el pensamiento en general. Esto parece ser absolutamente ininteligible, puesto que todo lo que existe es particular. Y, por tanto, han de ser nuestras diferentes percepciones particulares las que compongan la mente. Digo componer la mente y no pertenecer a la mente. La mente no es una sustancia en la que estén inherentes las percepciones. Esta noción es tan ininteligible como la cartesiana según la cual el pensamiento, o percepción en general, es la esencia de la mente. No tenemos idea alguna de sustancia de ninguna clase, pues sólo tenemos idea de lo que deriva de alguna impresión, y no tenemos impresión de sustancia alguna, ya sea material o espiritual. No conocemos nada fuera de las cualidades y de las percepciones particulares. Del mismo modo que nuestra idea de un cuerpo, un melocotón por ejemplo, es solamente la idea de ciertas cualidades particulares: sabor, color, figura, tamaño, consistencia..., etc. Así nuestra idea de una mente es solamente aquélla de las percepciones particulares, sin la noción de cosa alguna a la que llamamos sustancia, sea simple o sea compuesta.

El segundo principio que me propuse comentar se relaciona con la geometría. Habiendo negado la infinita divisibilidad de la extensión, nuestro autor se ve obligado a refutar los argumentos matemáticos que han sido aducidos en favor de ella; y que son, por los demás, los únicos que tienen algún peso. Objeta que la geometría sea una ciencia suficientemente exacta para admitir conclusiones tan sutiles como las referidas a la divisibilidad infinita. Sus argumentos pueden ser expuestos así: Toda la geometría está fundada en las nociones de igualdad y desigualdad; y, por consiguiente, según tengamos o no una regla exacta para juzgar esta relación, admitirá o no la ciencia misma una gran exactitud. Ahora bien, hay una regla exacta de la igualdad, si suponemos que la cantidad está compuesta de puntos indivisibles. Dos líneas son iguales cuando el número de puntos que la componen son iguales en ambas, y cuando cada punto de una de ellas corresponde a un punto de la otra. Pero, aunque esta regla sea exacta no sirve de nada, pues jamás podemos calcular el número de puntos de una línea. Está fundada además en la suposición de una divisibilidad finita, y por consiguiente, nunca puede proporcionar ninguna conclusión contra ésta. Si rechazamos esta regla de la igualdad no disponemos de ninguna otra que pretenda ser exacta. Encuentro que hay dos de las cuales se hace uso comúnmente. Se dice de dos líneas de más de una yarda, por ejemplo, que son iguales, cuando contienen un número igual de veces una cantidad inferior, por ejemplo, una pulgada. Pero esto es girar dentro de un círculo. Pues la cantidad que llamamos una pulgada en una de las líneas, se supone que es igual a la que llamamos una pulgada en la otra; y subsiste, entonces, la cuestión de saber cuál es la regla según la que procedemos cuando las juzgamos iguales; o, en otras palabras, qué significamos cuando decimos que son iguales. Si tomamos cantidades aún más pequeñas continuaremos al infinito. No hay, pues, una regla para juzgar la igualdad. La mayor parte de los filósofos, cuando se les pregunta qué entienden por igualdad responden que la palabra no admite definición, y que es suficiente colocar ante nosotros dos cuerpos iguales, por ejemplo, dos diámetros de un círculo, para hacernos comprender ese término. Ahora bien, esto es tomar la apariencia general de los objetos como regla de esa proporción y convertir a nuestra imaginación y nuestros sentidos en jueces últimos de ella. Pero una regla tal no admite ninguna exactitud y jamás puede proporcionar conclusión alguna contraria a la imaginación y a los sentidos. Que esta cuestión sea justa o no, es cosa que debe juzgarla gente ilustrada. Sería ciertamente de desear que se descubriese algún expediente para reconciliar la filosofía y el sentido común, los cuales, en lo concerniente a la cuestión de la divisibilidad infinita, han librado entre sí muy crueles guerras.

Tenemos ahora que proceder a dar alguna idea del segundo volumen de esa obra, que trata de las pasiones. Es más fácil de comprender que el primero, aunque contiene opiniones que no son menos nuevas y extraordinarias. El autor comienza con el orgullo y la humildad. Observa que los objetos que excitan estas pasiones son muy numerosos y en apariencia muy diferentes entre sí. El orgullo o la autoestima puede surgir de las cualidades de la mente: talento, buen sentido, saber, coraje, integridad; de las cualidades del cuerpo: belleza, fuerza, agilidad, buenas maneras, destreza en la danza, en la equitación o en la esgrima; de las ventajas exteriores: país, familia, hijos, relaciones, riqueza, casa, jardines, caballos, perros, vestidos. Luego se dedica  
a descubrir cuál es la circunstancia común, en la que todos esos objetos coinciden y que es causa de que operen sobre las pasiones. Su teoría se extiende igualmente al amor y al odio y a otras afecciones. Como estas cuestiones, aunque curiosas, no podrían resultar inteligibles sin un largo discurso, también las omitiremos aquí.

Quizá el lector prefiera ser informado sobre lo que nuestro autor dice respecto del libre arbitrio. Ha enunciado la fundamentación de su doctrina al tratar de la causa y el efecto, como la expuse más arriba. «Es universalmente reconocido que las operaciones de los cuerpos exteriores son necesarias, y que en la comunicación de sus movimientos, en su atracción y mutua cohesión, no hay el menor rastro de indiferencia o libertad »... «Por consiguiente, todo lo que a este respecto se comporta como la materia debe ser reconocido como necesario. Para saber si tal es el caso con las acciones de la mente, podemos examinar la materia y considerar en qué se funda la idea de que hay necesidad en sus operaciones, y por qué concluimos que un cuerpo o una acción es la causa infalible de otro cuerpo o de otra acción».

«Ya se ha observado que no hay caso alguno, en el que la conexión última de algún objeto pueda ser descubierta por nuestros sentidos o por nuestra razón, y que jamás podemos penetrar suficientemente en la esencia y en la construcción de los cuerpos para percibir el principio en el cual se funda su influencia mutua. Su constante unión y solamente ella, es con lo que estamos familiarizados; y es de la unión de donde surge la necesidad, cuando la mente se determina a pasar de un objeto al que de ordinario lo acompaña, y a inferir la existencia del uno de la existencia del otro. Hay aquí, entonces, dos puntos que vamos a considerar como esenciales en la necesidad, y son: la unión constante y la inferencia de la mente: en todas partes donde los descubrimos, debemos reconocer una necesidad». Ahora bien, nada es más evidente que la unión de ciertas acciones con ciertos motivos. Si todas las acciones no se hallan constantemente unidas con sus motivos propios, esta incertidumbre no es mayor que la que se puede observar todos los días en las acciones de la materia, donde, por razón de la mezcla y de la incertidumbre de las causas, el efecto es a menudo variable e incierto. Treinta gramos de opio matarán a cualquier hombre que no esté acostumbrado a él, mientras que treinta gramos de ruibarbo no siempre lo purgarán. Del mismo modo, el temor de la muerte siempre hará que un hombre se salga de su camino veinte pasos, mientras que no siempre le hará cometer una mala acción.

Y así como hay a menudo una conjunción constante de las acciones de la voluntad con sus motivos, la inferencia de las unas a las otras es frecuentemente tan cierta como cualquier razonamiento referente a los cuerpos; y siempre hay un inferencia proporcional a la constancia de la conjunción. En esto se funda nuestra creencia en los testimonios, nuestra confianza en la historia e incluso toda clase de evidencia moral y casi la totalidad de la conducta en la vida.

Nuestro autor pretende que este razonamiento pone toda esta controversia bajo una nueva luz, al proporcionar una definición nueva de la necesidad. En efecto, los abogados más celosos del libre arbitrio tendrán que reconocer esta unión y esta inferencia en lo que concierne a las acciones humanas; solamente negarán que toda la necesidad se reduzca a esto. Pero entonces deberán  
mostrar que tenemos una idea de algo diferente en las acciones de la materia; lo que resulta imposible de acuerdo al razonamiento precedente.

De un extremo a otro de ese libro se siente la gran pretensión de nuevos descubrimientos en filosofía; pero si algo puede justificar para el autor un nombre tan glorioso como el de inventor, es el uso que hace del principio de la asociación de las ideas, que penetra casi toda su filosofía. Nuestra imaginación tiene una gran autoridad sobre nuestras ideas, y no hay ideas, por diferentes que sean unas de otras, que ella no pueda separar, unir o combinar en toda suerte de ficciones. Pero, a pesar del imperio de la imaginación, hay un lazo secreto, una unión secreta entre ciertas ideas particulares, que es causa de que la mente las junte más frecuentemente y que hace que una de ellas, al aparecer, introduzca a la otra. De ahí surge lo que se llama en la conversación el a propósito del discurso; de ahí la conexión de un escrito; de ahí también ese hilo o esa cadena del pensamiento que el hombre sigue naturalmente hasta en el ensueño más vago. Estos principios de asociación se reducen a tres, que son: la semejanza: un retrato nos hace pensar naturalmente en el hombre representado en él; la contigüidad: si se menciona Saint Denis, la idea de París se presenta naturalmente; la causalidad: si pensamos en el hijo tendemos a dirigir nuestra atención hacia el padre. Será fácil concebir cuán vastas deben ser las consecuencias de estos principios en la ciencia de la naturaleza humana, si observamos que, en todo lo referente a la mente, son éstos los únicos lazos que ligan las partes del universo o nos ponen en relación con cualquier persona u objeto exterior a nosotros mismos. Pues, como es únicamente por medio de 1 pensamiento como cualquier cosa opera sobre nuestras pasiones, y como estos principios son los únicos lazos de nuestros pensamientos, ellos constituyen en realidad para nosotros el cemento del universo, y todas las operaciones de la mente deben en gran medida depender de ellos.



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HUME: EMPIRISTA. L' EMPIRISME, ES CONTRAPOSA AL RACIONALISME.

HUME: EMPIRISTA. 

L' EMPIRISME, ES CONTRAPOSA AL RACIONALISME.

 

 

 

David Hume va ser un important filòsof escocès del segle XVIII (Edimburg7 de maig (26 d'abril segons el calendari antic) de 1711 - 25 d'agost de 1776). Se'l considera el més important dels empiristes britànics. Estudià dret per pressió paterna, però exercí molt poc temps aquesta professió a causa de les seves afeccions literàries i filosòfiques. El 1734 anà a França on va escriure la seva obra més important, el Tractat de la naturalesa humana, que no va tenir l'acolliment que ell esperava. Tot el contrari va succeir amb el segon dels seus escrits, Assaigs morals i polítics. L'èxit d'aquesta obra el portà a reelaborar el Tractat fent una exposició més senzilla en dos llibres: Investigació sobre l'enteniment humà i Investigació sobre els principis morals.
L'any 1763 tornà a França i es relacionà amb Rousseau i els enciclopedistes. El 1769 tornà a Edimburg, on restà fins a la seva mort.
Per a Hume la filosofia no sap res amb certesa, perquè no s'ha ocupat adequadament de l'estudi d'aquella ciència de la que totes les altres depenen: la "ciència de l'home". Per això afirma que cal investigar la naturalesa de l'enteniment humà per determinar l'origen, les estructures, les lleis i els límits del coneixement. Hume esdevindrà un precursor de Kant en algunes de les seves conclusions.


Origen de les percepcions

Per a Hume tots els nostres continguts mentals són percepcions que provenen de l'experiència, ja que no hi ha cap idea ni representació mental que sigui prèvia a aquesta. Hume, seguint Berkeley, no vol donar per fet que les nostres percepcions siguin representacions del món. Per aquest motiu les clasifica, segons el grau de vivacitat, en dos tipus : impressions i idees.
  • Impressions:
Les impressions són sensacions immediates de l'experiència: imatges, passions i emocions.
  • Idees:
Les idees són imatges o còpies difuses de les impressions. Són producte de la imaginació i la memòria, que no aconsegueixen imitar el grau d'intensitat dels originals. Una cosa és la sensació d'un fred intens (impressió) i una altra de ben diferent és el record d'aquell fred intens (idea).
Les percepcions també es poden classificar segons la procedència:
  • Percepcions de sensació: són les que provenen dels sentits externs. Per exemple, ho serien la visió del color verd o l'olor de sucre cremat.
  • Percepcions de reflexió: són estats exclusivament mentals com l'avorriment que ens proporciona esperar al metro o la satisfacció que ens proporciona aprendre.
Segons la seva composició, les percepcions es divideixen en :
  • Simples: són aquelles que no es poden dividir en unes altres de més petites. Per exemple, l'olor dolça d'un perfum.
  • Complexes: són les que es poden dividir en altres percepcions més simples. Per exemple, la percepció d'una rosa vermella es descompon en unes altres de més simples: l'olor, el color, el tacte,etc.


Afirma que les percepcions de sensació apareixen en nosaltres per causes desconegudes i que les percepcions de reflexió es deriven de les nostres idees. Totes les nostres idees simples, en la seva primera aparició, es deriven d'impressions simples, però no totes les idees complexes es deriven d'impressions complexes, perquè podem tenir idees de coses de les quals no hem tingut cap impressió directa. Però atès que totes les idees complexes es poden descompondre en idees simples, es pot afirmar que no es pot pensar res que abans no s'hagi donat en l'experiència. En altres paraules, les impressions, en paraules de Hume, són més vívides que les idees, i, referint-nos a l'ordre temporal, precedeixen sempre a les idees; llavors, això equival a rebutjar en primer lloc l'innatisme i en segon lloc l'acceptació d'éssers que no tenen equivalent en el món físic (crítica la metafísica).


L'associació d'idees

El pensament humà es resol en la capacitat de transformar les impressions en idees, fer-les reaparèixer a la ment i, sobretot, de relacionar-les. La memòria s'ocupa de la 1a. funció i la imaginació de la 2a.
L'associació d'idees depèn de la imaginació, que no realitza aquesta tasca totalment a l'atzar, sinó seguint uns principis, que Hume descriu com "una força suau" que actua sobre una idea acostant-la de forma natural a una altra amb qualitats semblants.
Les qualitats associatives són:
  • Semblança. Una pintura mena naturalment tots els nostres pensaments a l' original ( Investigació sobre l' enteniment humà)
  • Contigüitat en l'espai i/o en el temps.Si veiem un arc de violí, gairebé irremeiablement ens preguntarem on és el violí, una barca ens farà pensar en el mar, o una pantalla en l' ordinador.
  • Causa-efecte. Davant els fenòmens que s' acostumen a succeir temporalment, el nostre enteniment crea una expectativa de futur; espera que certs fets segueixin a d' altres tal com ho han fet en el passat. Així: el fum al foc o la pluja als núvols.
D'aquestes qualitats associatives se'n deriven les nostres idees complexes, que classifica en:
  • Idees de substància.Com per exemple, una poma. La poma és una substància o idea complexa, resultant de la suma d'idees simples: color vermell+textura suau+tamany mitjà+sabor dolç+etc
  • Idees de mode. Aquesta idea no és rellevant en la filosofia de Hume. No la defineix prou bé.
  • Idees de relacions. Com per exemple la relació de CAUSA I EFECTE. Molt important en la filosofia humeana.
Aquestes últimes són les que es formen quan el nostre enteniment analitza i compara idees, establint judicis que van més enllà de la percepció immediata i que estructuren el nostre coneixement.

Les operacions de l'enteniment

Raonar consisteix a descobrir relacions, que poden ser entre fets o entre idees.
  • Les relacions d'idees constitueixen l'àmbit de la certesa demostrativa, perquè les seves proposicions poden ser deduïdes a priori i són sempre necessàries: la seva veritat deriva del fet que el seu contrari constitueix contradicció, però no ens informa de res real. Serien afirmacions del tipus: "la suma dels angles d' un triangle és sempre 180º", o "tots els solters són no casats". No descriuen com es el món i no sorgeixen de l' experiència, sinó del raonament. Són afirmacions universals, vàlides en qualsevol circumstància.
  • Les qüestions de fet es fonamenten en la relació causa-efecte i són contingents, perquè no hi ha cap necessitat que els fets siguin com són ni que es relacionin d'aquesta manera o de l'altra. Ens informen d'alguna cosa real i la seva veritat es fonamenta en l'experiència, és a dir, són a posteriori.Son afirmacions del tipus: "La Marta fa gimnàstica" o "Els núvols porten pluja". El que afirmem és així ara, pero podria no ser-ho; de fet, ningú no ens assegura que en el futur ho siguin.
De la mateixa manera, hi ha dues maneres de tenir coneixement diferents:
  • Per deducció (aplicar regles a premisses per obtenir una conclusió)
  • Per inducció: obtenir conclusions a partir de generalitzacions; observar casos i després generalitzar.
El primer mètode és el propi de les ciències matemàtiques on els seus enunciats són necessaris i la inducció és pròpia dels enunciats de les ciències empíriques. Hume va ser força crític amb la inducció com a mètode científic vàlid, ja que segons ell, el coneixement humà no pot anar més enllà de les afirmacions particulars. L' experiència ens demostra que, cada matí ha sortit el sol, però de cap manera ens demostra que sempre ha de ser així. No és principi universal.

La relació causal és un costum

La major part els nostres raonaments són sobre qüestions de fet i es fonamenten en la relació causal (causa-efecte). Així, quan observem que a un cert fet en segueix regularment un altre, n'inferim que entre el fet-causa i el fet efecte hi ha una connexió necessària, de tal manera que esperem que sempre serà així.
Però, com podem justificar la necessitat d'aquesta inferència?
  1. No ho podem justificar per l'experiència perquè és evident que tenim experiència del passat, però no en tenim del futur.
  2. No ho podem justificar per la raó ja que, en aquest cas, no podríem dubtar mai sobre el resultat. I és evident que ho podem fer, per molt que no ens ho creguem.
  3. No ho podem justificar per una relació d'idees, perquè la negació d'una relació causal no comporta cap contradicció.
Només queda admetre que la guia el costum de relacionar les impressions en el mateix ordre que s'han presentat repetidament en el passat.
La causalitat, doncs, no és cap principi racional, sinó una creença, fonamentada en aquest costum de la imaginació, que "cap home assenyat pot deixar d'emprar", perquè amb ell expliquem el món que ens envolta i com ens relacionem. No n'hi ha cap connexió sinó només contigüitat espacialsuccessió temporal i conunció constant.
Així doncs, la seva crítica al concepte tradicional de causalitat es resum amb la cèlebre frase filosòfica "Tota adscripció de causalitat és una qüestió de fet".


El billar
Hume posa a la seva obra l'exemple de les boles de billar com exemple per il·lustrar la seva teoria. Si es tira una bola de billar "A" contra una bola de billar "B" què està en repòs, què ocorre llavors amb la bola "B"? La resposta més il·lusòria i corrent és dir que la bola "B" es mourà, que el colp de la bola "A" és la causa de què la bola "B" es pose en moviment. Això no és correcte, doncs no observem cap unió/connexió, només percebem que la bola "A" es comença a moure, toca la "B" i la "B" es comença a moure. La causa no és observada, només actua el nostre hàbit.
Hume demostra que l'ésser humà és irracional, ja que la creença o suposició no està justificada, i és producte de què l'ésser humà és instintiu i es deixa guiar amb lògica pel principi de regularitat de la natura i per l'hàbit.
Només podem parlar de probabilitat

De la crítica de la metafísica a l'escepticisme 

Hume troba, a banda de "causa", altres conceptes i objectes d'estudi de la metafísica sospitosos de ser conceptes erronis que no tenen cap impressió associada i per tant un significat vàlid. Per exemple:
1) "Món", "Realitat Física" La idea de món prové de l'experiència, perquè es deriva de la impressió particular; que és una inferència de la raó, perquè ens és possible inferir l'existència de tot que no sigui una percepció. Només la presència continuada en la ment d'un conjunt d'impressions distintes, a les que la nostra imaginació confereix constància i coherència, permet explicar la creença en l'existència contínua del món.
2) "Jo" Del jo tampoc en tenim cap impressió concreta, sinó que es deriva del flux continu de les nostres impressions, que la imaginació associa generant la creença en la identitat personal. No existeix l'ànima: el suposat recipient on s'emmagatzemen els continguts mentals no existeix, és il·lusori, metafísic i només hi existeixen els continguts.
3) "Déu" Del món només podem dir com el sentim i com el vivim i el Jo queda com l'estructura organitzada de la percepció que viu, sent, pensa i que no necessita de Déu (de qui tampoc en tenim experiència) per justificar la seva experiència. En la seva anàlisi de la creença Hume troba que la idea és la mateixa amb o sense la creença, i aquest és l'error dels defensors de l'argument ontològic (que defensa l'existència de Déu com un ésser que per necessitat i harmonia ha d'existir).
4) Relació ànima/cos Hume accepta o cau, segons es mire, en el determinisme, en la negació del lliure albir, perquè, segons argumenta, a la naturalesa no n'hi ha indiferència o voluntat sinó necessitat; és a dir, els nostres actes no tenen causa, són conseqüència de l'atzar o de la "llibertat"*1
D'aquesta manera, amb la seva aparent demostració que el jo i el món són ficcions de la imaginació, Hume vol dissoldre els postulats de la metafísica i adopta un escepticisme moderat.
(*1): Aquest terme és un dels discutits, confosos i potencialment contradictori a la teoria de Hume, ja que l'empra Hume en la seva obra però no amb significat de voluntat sinó atzar, indeterminació, necessitat, ...

Ètica: La moral es fonamenta en el sentiment

Hume fa notar que no és possible demostrar racionalment que una cosa és bona o dolenta, ja que les qüestions morals no corresponen a l'enteniment, perquè aquest només pot realitzar dues operacions: relacionar fets o idees.
Si les qüestions morals es poguessin tractar com a relacions d'idees arribaríem a conclusions absurdes, com per exemple, qualificar el comportament de qualsevol ésser (racional o irracional) de bo o de dolent encara que tingui finalitats molt diferents. És a dir, fins i tot un ordinador podria avaluar si estem fent coses bones o dolentes en funció d'X paràmetres.
Si les tractéssim com a qüestions de fet, resulta que no existeix res que s'anomeni bo o dolent, perquè la qualitat de bo (o de dolent) no és quelcom pertanyent a les coses, sinó que nosaltres atribuïm aquestes qualitats segons el que sentim quan estem en contacte amb tals coses.
En resum, la bondat o la maldat només la descobrim quan al nostre interior hi trobem un sentiment d'aprovació o de reprovació d'una acció, per tant, les qüestions morals no depenen de l'enteniment sinó del sentiment, d'aquí la proposta d'una moral basada en les emocions. Aquesta postura filosòfica és coneguda com emotivisme moral.
El sentiment moral és un sentiment d'aprovació vers les accions. Els factors que determinen l'aprovació d'una acció i la reproducció d'una altra són, d'una banda el plaer, que regula el funcionament de les passions, i de l'altra la utilitat, o no només per l'interès propi, sinó també com a utilitat per als altres.

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Bibliografia:

VALLMAJÓ, Llorenç: Història de la filosofia. Barcelona: Editorial Edebé, 2007
(pàgines 222, 223) 

Webgrafia:

domingo, 26 de enero de 2020

DESCARTES MEDITACIONS METAFÍSIQUES/ MEDIT.SISENA (LES TRES SUBSTÀNCIES.RELACIÓ ÀNIMA I COS)

DESCARTES
MEDITACIONS METAFÍSIQUES 


MEDITACIO SISENA 

De l’existència de les coses materials i de la distinció real entre l’ànima i el cos de l’home. 

(Si hi ha coses materials)

No em resta ara més que examinar si hi ha coses materials: i certament si més no sé ara l’objecte de les demostracions de geometria, vist que d’aquesta manera les concebo forca clarament i forca distintament. Car no hi ha cap dubte que Déu no tingui el poder de produir totes les coses que jo sóc capaç; de concebre amb distinció; i no he jutjat mai que li fos impossible de fer alguna cosa, llevat de quan trobava contradicció a poder concebre-la bé. A més, la facultat d’imaginar que és en mi, i de la qual veig per experiència que em serveixo quan m’aplico a la consideració de les coses materials, és capaç de persuadir-me de la seva existència: car, quan considero atentament què és la imaginació, trobo que no és altra cosa que una certa aplicació de la facultat que coneix al cos que li és íntimament present i, per tant, que existeix . 

(Diferència entre la imaginació i la intel·lecció) 

I per fer això més manifest faig notar primer la diferència que hi ha entre la imaginació i la pura intel·lecció o concepció. Per exemple, quan imagino un triangle, no el concebo pas solament com una figura composta i que compren tres línies, sinó que, a més d’això, considero aquestes tres línies com a presents per la força i aplicació interior del meu esperit ; i és això pròpiament el que anomeno imaginar. Que si vull pensar en un quilògon concebo ben de veritat que és una figura de mil costats, tan fàcilment com concebo que un triangle és compost de tres costats solament; però no puc imaginar pas els mil costats d’un quilògon, com faig els tres d’un triangle, ni, per dir-ho així, mirar-los com a presents amb els ulls del meu esperit. I encara que, tot seguint el costum de la meva imaginació, quan penso en les coses corporals, s’esdevé que concebent un quilògon em represento confusament alguna figura, tanmateix és molt evident que aquesta figura no és un quilògon, puix que no difereix pas de la que em representada si pensés en un miriàgon, o en qualsevol figura de molts costats; i que no serveix de cap manera per a descobrir les propietats que fan la diferencia del quilògon amb altres polígons. 

Que si és qüestió de considerar un pentàgon, és ben cert que puc concebre la seva figura, tan bé com la d’un quilògon, sense el concurs de la imaginació; però la puc també imaginar aplicant l’atenció del meu esperit a cadascun deis seus cinc costats, i tot junt també amb l’àrea, o l’espai que tanquen. Així conec que tinc necessitat d'una particular contenció de l'esperit per a imaginar, de la qual no em serveixo gens per a concebre; i aquesta particular contenció de l’esperit mostra evidentment la diferència que hi ha entre la imaginació i la intel·lecció o concepció pura . 

M’adono a més d’això que aquesta virtut d’imaginar que és en mi, en tant que difereix de la potencia de concebre, no és de cap manera necessària a la meva natura o essència, és a dir, a l’essència del meu esperit. I concebo fàcilment que si existeix algun cos, al qual el meu esperit sigui conjuntat i unit de manera que es pugui aplicar a considerar-lo quan li plagui, es pot esdevenir que per aquest mitjà imagini les coses corporals: de manera que aquesta manera de pensar difereix solament de la pura intel·lecció, en que l’esperit en concebre es gira d’alguna manera cap a si mateix, i considera alguna de les idees que hi ha en ell; però imaginant es gira vers el cos, i hi considera alguna cosa conforme a la idea que té formada per si mateix o que ha rebut pels sentits. Concebo, dic, fàcilment, que la imaginació es pot fer d’aquesta manera, si és veritable que hi ha cossos; i perquè no puc trobar cap altra via per explicar com es fa, conjecturo d’aquí probablement que n’hi ha; però això només probablement, i encara que examini acuradament totes les coses, no trobo tanmateix que d’aquesta idea distinta de la natura corporal, que tinc en el meu esperit, pugui treure cap argument que conclogui amb necessitat l’existència d’algun cos. 

Ara bé, m’he acostumat a imaginar moltes altres coses, ultra aquesta natura corporal que és l’objecte de la geometria, és a dir, els colors, els sons, els sabors, el dolor, i d’altres coses semblants, encara menys distintament. I en tant que percebo molt millor aquestes coses pels sentits, mitjançant els quals, i de la memòria, semblen ésser arribades fins a la meva imaginació, crec que, per examinar-les més còmodament, s’escau que examini al mateix temps què és sentir, i que vegi si de les idees que rebo en el meu esperit per aquesta manera de pensar, que anomeno sentir, puc treure alguna prova certa de l’existència de les coses corporals. 

(Què podem saber amb certesa de les coses materials) 


I primerament duré a la meva memòria quines són les coses que fins aquí he tingut per veritables, com havent-les rebudes pels sentits, i sobre quins fonaments estava recolzada la meva creença. I després examinaré les raons que més tard m’han obligat a revocar-les al dubte. I, en fi, consideraré què n’haig de creure ara.

Primerament doncs he sentit que tenia un cap, unes mans, uns peus, i tols els altres membres dels quals és compost el cos que considerava com una part de mi mateix, o potser també el tot. A més he sentit que aquest cos eslava situat entre molts d’altres, deis quals era capaç de rebre diverses comoditats i incomoditats, i notava aquestes comoditats per un cert sentiment de plaer o voluptuositat, i les incomoditats per un sentiment de dolor. I, ultra aquest plaer i aquest dolor, sentia també en mi la fam, la set, i d’altres apetits semblants, com també certes inclinacions corporals cap a la joia, la tristesa, la colera, i d’altres passions semblants. I a fora, ultra l’extensió, les figures, els moviments deis cossos, notava en ells la duresa, la calor i totes les altres qualitats que cauen sota el tacte. A més jo hi notava la llum, els colors, les olors, els sabors i els sons, la varietat deis quals em donava el mitja de distingir el cel, la terra, la mar, i generalment tots els altres cossos uns dels altres.

 I certament, considerant les idees de totes aquestes qualitats que es presentaven al meu pensament, les quals soles sentia pròpiament i immediatament, no era pas sense raó que creia sentir coses completament diferents del meu pensament, és a dir, cossos d'on precedien aquestes idees. Car jo experimentava que es presentaven a ell, sense que hi fos requerit el meu consentiment, de manera que no podia sentir cap objecte, per voluntat que en tingues si no es trobava present a l’òrgan d’un dels meus sentits; i no era de cap manera en el meu poder no sentir-lo, quan s’hi trobava present. I perquè les idees que rebia deis sentits eren molt més vives, més expresses, i fins i tot a llur manera més distintes que les que jo mateix podia fingir per mi mateix, o be que trobava impreses en la meva memòria, semblava que no podien procedir del meu esperit; de manera que era necessari que fossin causades en mi per algunes altres coses. No tenint d’aquestes coses cap coneixement, sinó aquell que em donaven aquestes mateixes idees, no podia venir cap altra cosa a l’esperit, sinó que aquestes coses eren semblants a les idees que causaven.

I perquè recordava també que m’havia servit més aviat deis sentits que de la raó, i que reconeixia que les idees que formava de mi mateix no eren pas tan expresses com aquelles que rebia pels sentits, i fins i tot que eren molt sovint compostes de parts d’aquestes, em persuadia fàcilment que no tenia cap idea al meu esperit236 que no hagués passat abans pels meus sentits. 

No era tampoc sense raó que creia que aquest cos (el qual per un cert dret particular anomenava meu) em pertanyia més pròpiament i més estretament que no pas un altre. Car en efecte no en podia estar separat mai com d’altres cossos; sentia en ell i per ell tots els meus apetits i les meves afeccions; i en fi era tocat pels sentiments de plaer i dolor en les seves parts, i no pas en les d’altres cossos que en són separats. 

Però quan examinava per que a no sé quin sentiment de dolor segueix la tristesa en l’esperit, i del sentiment de plaer neix la joia, o be per què aquesta no sé quina emoció en l’estómac, que anomeno fam ens fa tenir desig de menjar, i la sequedat de la gola ens fa tenir desig de beure, i així la resta, no en podia donar cap raó, sinó que la natura m’ho ensenyava així, car no hi ha del cert cap afinitat ni cap lligam (si més no que jo pugui comprendre) entre aquesta emoció de l’estómac i el desig de menjar, ni tampoc entre el sentiment de la cosa que causa el dolor, i el pensament de tristesa que fa néixer aquest sentiment. I de la mateixa manera em semblava que havia aprés de la natura totes les altres coses que jutjava respecte dels objectes deis meus sentits; perquè m’adonava que els judicis que tenia el costum de fer d’aquests objectes es formaven en mi abans que tingues el lleure de pesar i considerar quines raons em podien obligar a fer-los. 

(Dubtes) 

Però després moltes experiències han arruïnat a poc a poc tota la creença que havia afegit als sentits. Car he observat moltes vegades que les torres que de lluny m’havien semblat rodones, de més a prop em semblaven quadrades, i que els colossos elevats sobre les més altes d’aquestes torres em semblaven petites estàtues en mirar-les de baix estant; i així, en una infinitat d’altres ocasions m’he trobat l’error en els judicis sobre els sentits exteriors. I no pas solament sobre els sentits exteriors, sinó també sobre els interiors: car hi ha una cosa més íntima o més interior que el dolor? I tanmateix he aprés d’altres persones que tenien els braços o les cames tallades que els semblava encara que de vegades sentien el dolor en la part que els havia estat tallada; això cm clonava motiu de pensar que no podia tampoc estar segur de tenir mal en algun deis membres, encara que hi sentís dolor. 

I a aquestes raons de dubtar n’he afegides poc després dues altres de força generals. La primera és que no he cregut mai sentir res estant despert que no pogués també creure sentir de vegades quan dormo; i com que no crec que les coses que em sembla que sento dormint procedeixin d’alguns objectes fora de mi, no veia tampoc per què hauria de tenir aquesta creença respecte d’aquelles que em sembla que sento estant despert. I la segona, que, no coneixent encara, o més ben dit, fingint no conèixer l’autor del meu ésser, no veia res que pogués impedir que hagués estat fet tal per la natura, que m’equivoqués fins i tot en les coses que em semblen més veritables.

 I per les raons que m’havien persuadit abans de la veritat de les coses sensibles no tenia gaire pena de respondre-hi. Car la natura em semblava portar-me a moltes coses de les quals la raó em separava, i així no creia que calgués confiar gaire en els ensenyaments d’aquesta natura. I, encara que les idees que rebo dels sentits no depenen de la meva voluntat, no pensava pas que hom hagi de concloure per això que procedeixen de coses diferents de mi, puix que potser es pot trobar en mi alguna facultat (bé que m’hagi estat fins ara desconeguda) que en sigui la causa, ¡ que les produeixi. 

(Rebuig dels dubtes) 


Però, ara que començo a conèixer-me millor a mi mateix i a descobrir més clarament l’autor del meu origen, no penso de veritat que hagi d’admetre temeràriament totes les coses que els sentits semblen ensenyar-nos, sinó que tampoc no penso pas que les hagi de revocar totes en general en el dubte. 

I primerament, com que sé que totes les coses que concebo clarament i distintament poden ésser produïdes per Déu tal i com jo les concebo, n’hi ha prou que pugui concebre clarament i distintament una cosa sense l’altra, per ésser cert que una és distinta o diferent de l’altra, perquè poden ésser pensades separadament si més no per l’omnipotència de Déu; i no importa per quina potencia es faci aquesta separació, per obligar-me a jutjar-les diferents. I, per tant, justament perquè conec amb certesa que existeixo, i que tanmateix no m’adono que pertanyi necessariament a la meva natura o a la meva essència una altra cosa, llevat que sóc una cosa que pensa, concloc forca be que la meva existència consisteix en això només, que sóc una cosa que pensa, o una substancia la natura o l’essència de la qual no és sinó pensar. I encara que potser (o millor dit certament, com ho diré aviat), jo tinc un cos al qual sóc estretament conjuntat, tanmateix, com d'una banda tinc una idea clara i distinta de mi mateix, en tant que sóc solament una cosa que pensa i no extensa i que d'una altra tinc una idea distinta del cos, en tant que és solament una cosa extensa i que no pensa de cap manera, és cert que aquest jo, és a dir, la meva ànima, per la qual sóc el que sóc, és completament i veritablement distinta del meu cos, i que pot ésser o existir sense ell. 

A més, trobo en mi facultats de pensar, tot particulars i distintes de mi , és a dir, les facultats d’imaginar i sentir, sense les quals puc be concebre’m clarament i distintament tot complet, però no pas elles sense mi, és a dir, sense una substància intel·ligent a la qual són lligades. Car en la noció que tenim d’aquestes facultats o (per servir-me dels termes de l'Escolàstica)  en llur concepte formal, elles inclouen alguna mena d’intel·lecció: d'on jo concebo que són distintes de mi, com les figures, els moviments i els altres modes o accidents del cos ho són dels cossos mateixos que les sostenen. 

Reconec també en mi algunes altres facultats com, canviar de lloc, posar-me en diferents posicions i altres de semblants, que no poden ésser concebudes, més que les precedents, sense alguna substància a la qual estiguin lligades, ni per consegüent existir sense elles; però és molt evident que aquestes facultats, si és veritat que existeixen, han d’ésser relacionades amb alguna substància corporal o extensa, i no pas amb una substància intel·ligent, puix que, en el seu concepte ciar i distint, hi ha ben be alguna mena d’extensió que s’hi troba continguda, però cap intel·ligència. A més es troba en mi una certa facultat passiva de sentir, és a dir, de rebre i conèixer les idees de les coses sensibles; però em seria inútil, i no me’n podria servir de cap manera, si no hi hagués en mi, o en un altre, una altra facultat activa capaç de formar i produir aquestes idees. Ara be, aquesta facultat activa no pot ésser en mi en tant que no sóc més que una cosa que pensa, ates que no pressuposa gens el meu pensament i també que aquestes idees em son representades sovint sense que jo hi contribueixi de cap manera, i fins tot a desgrat meu; cal dones necessariament que sigui en alguna substància diferent de mi, en la qual tota la realitat que és objectivament en les idees que en són produïdes sigui continguda formalment o eminentment (com he notat abans). I aquesta substància és o un cos, és a dir, una natura corporal en la qual és contingut formalment i en efecte tot el que és objectivament i per representació en les idees; o be és Déu mateix o alguna altra criatura més noble que el cos, en la qual es troba això mateix contingut eminentment . 

Ara be, no essent Déu gens enganyador, és ben manifest que no m’envia pas aquestes idees immediatament per ell mateix, ni tampoc mitjançant alguna criatura, dins de la qual llur realitat no sigui pas continguda formalment, sinó solament eminentment251. Car, no havent-me donat cap facultat per a conèixer que això sigui així, sinó al contrari, una gran inclinació a creure que son enviades o que venen de les coses corporals, no veig pas com hom podria excusar-lo de l’engany, si en efecte aquestes idees venien o eren produïdes per unes altres causes que no pas per coses corporals. I per tant cal confessar que hi ha coses corporals que existeixen . 

Tanmateix potser no són pas completament com les percebem pels sentits, car aquesta percepció dels sentits és forca obscura i confusa en moltes coses; però si més no cal admetre que totes les coses que hi concebo clarament i distintament, és a dir, totes les coses, parlant en general, que són compreses en l’objecte de la Geometria especulativa, s’hi troben veritablement. Però pel que fa a les altres coses, les quals o són solament particulars, per exemple, que el sol sigui de tal grandària, i de tal figura, etc., o bé són concebudes menys clarament i menys distintament, com la llum, el so, el dolor, i altres de semblants, és cert que encara que siguin força dubtoses i incertes, tanmateix només del fet que Déu no és pas enganyador, i que per consegüent no ha permès gens que hi pugui haver cap falsedat en les meves opinions, sense que m’hagi donat també alguna facultat capaç de corregir-la, crec poder concloure amb seguretat que tinc en mi els mitjans de conèixer-les amb certesa . 

(Què ens ensenya una naturalesa creada per un Déu que no enganya)

I primerament no hi ha cap dubte que tot el que la natura m’ensenya conté alguna veritat. Car per la natura, considerada en general, no entenc ara altra cosa que Déu mateix, o be l’ordre i la disposició que Déu ha establert en les coses creades. I, per la meva natura en particular, no entenc altra cosa que la complexió o l’encaix de totes les coses que Déu m’ha donat. Ara bé, no hi ha res que aquesta natura m’ensenyi més expressament, ni més sensiblement, sinó que tinc un cos que està mal disposat quan sento el dolor, que té necessitat de menjar o de beure, quan tinc els sentiments de la fam o de la set, etc. I, per tant, no haig de dubtar de cap manera que en això no hi hagi alguna veritat. La natura m’ensenya també per aquests sentiments de dolor, de fam, de set, etc., que no sóc pas solament allotjat dins del meu cos, així com un pilot dins del seu navili, sinó, en lloc d’això, que hi sóc conjuntat molt estretament i tan confós i barrejat, que componc com un sol tot amb  ell. Car, si això no fos així, quan el meu cos és ferit, no sentiria per això dolor, jo que no sóc més que una cosa que pensa, sinó que percebria aquesta ferida per l’enteniment sol, com un pilot percep per la vista si alguna cosa es trenca en el seu vaixell; i, quan el meu cos té la necessitat de beure o de menjar, coneixeria això mateix, sense ésser-ne advertit pels sentiments confusos de fam, de set i de dolor. Car, en efecte, tots aquests sentiments de fam, de set, de dolor, etc., no son altra cosa que certes maneres confuses de pensar, que provenen i depenen de la unió i com de la barreja de l’esperit amb el cos. 

Ultra això, la natura m’ensenya que existeixen molts altres cossos al voltant del meu, entre els quals haig de perseguir-ne uns i defugir els altres. I certament, del fet que sento diferents menes de colors, d’olors, de sabors, de sons, de calor, de duresa, etc., concloc forca be que hi ha en els cossos, d'on provenen totes aquestes diverses percepcions deis sentits, algunes varietats que s’hi corresponen, encara que potser aquestes varietats no siguin en efecte gens semblants. I també del fet que entre aquestes diverses percepcions deis sentits, les unes siguin agradables i les altres desagradables, en puc treure una conseqüència del tot certa, que el meu cos (o més aviat jo mateix tot sencer, en tant que sóc compost del cos i de l’ànima) pot rebre diverses comoditats i incomoditats deis altres cossos que l’envolten. 

Però hi ha moltes altres coses que sembla que la natura m’hagi ensenyat, les quals tanmateix no he rebut veritablement d'ella, sinó que s’han introduït en el meu esperit per un cert costum que tinc de jutjar les coses inconsideradament; i així es pot fàcilment esdevenir que continguin alguna falsedat. Com, per exemple, l’opinió que tinc que tot l’espai en el qual no hi ha res que es mogui, i faci impressió sobre els meus sentits, sigui buit; que en un cos que és calent hi hagi alguna cosa de semblant a la idea de calor que és en mi; que en un cos blanc o negre hi hagi la mateixa blancor o negror que sento; que en un cos amargant o dolç hi hagi el mateix gust o el mateix sabor; i així les altres; que els astres, les torres i tots els altres cossos allunyats siguin de la mateixa figura i grandària que semblen de lluny ais nostres ulls, etc. 

(Precisant conceptes) 


Però, a fi que no hi hagi res en això que jo no concebí distintament, he de definir precisament  que entenc pròpiament quan dic que la natura m’ensenya alguna cosa. Car prenc aquí natura en una significació més estreta que quan l’anomeno un encaix o una complexió de totes les coses que Déu m’ha donat; ates que aquest encaix o complexió compren moltes coses que només pertanyen a l’esperit sol, de les quals no pretenc parlar aquí, en parlar de la natura; com, per exemple, la noció que tinc d’aquesta veritat, que "allò que ha estat fet una vegada no pot no haver estat fet mai", i una infinitat d’altres de semblants, que conec per la llum natural, sense l’ajut del cos, i que ell en compren també moltes altres que no pertanyen més que al cos sol, i no són tampoc aquí gens contingudes sota el nom de natura: com la qualitat que té d’ésser pesant, i d’altres moltes de semblants, de les quals tampoc no parlo, sinó solament de les coses que Déu m’ha donat, com essent compost de l’esperit i del cos. Ara bé, aquesta natura m’ensenya be a defugir les coses que causen en mi el sentiment del dolor, i a dur-me vers aquelles que em comuniquen algun sentiment de plaer; però jo no veig de cap manera que d’aquestes diversos percepcions deis sentits nosaltres n'hagim de concloure res de les coses que son fora de nosaltres, sense que l’esperit les hagi examinades acuradament i amb maduresa. Car es, això em sembla, a l’esperit sol, i no al compost de l’esperit i el cos, que pertoca de conèixer la veritat d’aquestes coses. 

Així, tot i que un estel no faci més impressió en el meu ull que el foc d'una petita espelma, no hi ha tanmateix en mi cap facultat real o natural que em porti a creure que no és més gran que aquest foc, sinó que l’he jutjat així des deis meus primers anys sense cap fonament raonable. I tot i que en apropar-me al foc sento la calor, i fins i tot que apropant-m’hi una mica massa sento el dolor, no hi ha tanmateix cap raó que em pugui persuadir que hi ha en el foc alguna cosa de semblant a aquesta calor, ni tampoc a aquest dolor; sinó que solament tinc raó de creure que hi ha alguna cosa en ell, sigui la que pugui ésser, que excita en mi aquests sentiments de calor o de dolor.

De la mateixa manera també, tot i que hi hagi espais dins deis quals no trobo res que exciti i mogui els meus sentits, no haig pas de concloure per això que aquests espais no continguin en ells algun cos; ans veig que, tant en això com en moltes d’altres coses semblants, m’he acostumat a pervertir i a confondre l’ordre de la natura, perquè aquests sentiments o percepcions deis sentits que no han estat posats en mi sinó per significar al meu esperit quines coses son convenients o nocives al compost del qual és part, i, essent fins aquí  prou clares i prou distintes, me’n serveixo com si fossin unes regles molt certes, per les quals jo pogués conèixer immediatament l’essència i la natura deis cossos que son fora de mi, do la qual nogensmenys no em poden ensenyar res que no sigui forca obscur i confús.

Però ja ho examinat prou abans com, malgrat la sobirana bondat de Déu, s’esdevé que hi hagi falsedat en els judicis d’aquesta mena que faig. Es presenta encara aquí una dificulta! respecte de los coses que la natura m’ensenya que han d’ésser seguides o evitades, i també deis sentiments interiors que ha posat en mi; car em sembla haver-hi notat de vegades l'error i així que sóc enganyat por la meva natura. Com. por exemple, el gust agradable d’alguna vianda en la qual algú haurà barrejat metzina pot convidar-me a prendre aquesta metzina, i així enganyar-me. És veritat tanmateix que en això la natura pot ésser excusada, car ella em duu només a desitjar la vianda en la qual trobo un gust agradable, i no pas a desitjar el verí, el qual li és desconegut; de manera que no puc concloure d’aquí sinó que la meva natura no coneix completament i universalment totes les coses: en la qual cosa no hi ha res de que sorprendre's, puix que l’home, essent d'una natura finita, no pot també tenir més que un coneixement d'una perfecció limitada. 

Però ens enganyem també prou sovint, fins i tot en les coses a les quals som portats directament per la natura, com s’esdevé ais malalts, quan desitgen menjar o beure coses que els poden perjudicar. Hom dirà potser aquí que la causa que s’equivoquin és que la seva natura és corrupta; però això no elimina la dificultat, perquè un home malalt no és menys veritablement la criatura de Déu que l’home que és en plena salut; i, per tant, repugna tant a la bondat divina que tingui una natura enganyadora i fal·lible, com l’altre. I com un rellotge, compost de rodes i contrapesos, no observa menys exactament totes les lleis de la natura, quan està mal fet i no dona bé les hores, que quan satisfà completament el desig de l’artesà; de la mateixa manera, si considero el cos d’un home com una màquina així construïda i composta d’ossos, de nervis, de músculs, de venes, de sang i de pell, que, malgrat que no hi hagués en ell cap esperit, no deixés pas de moure’s de totes les mateixes maneres que ho fa ara, quan no es mou en la direcció de la seva voluntat, ni per consegüent per l’ajut de l’esperit, sinó solament per la disposició deis seus òrgans, reconec fàcilment que seria tan natural a aquest cos, essent, per exemple, hidròpic, sofrir la sequedat de la gola, que té el costum de significar a l’esperit el sentiment de la set, i d’ésser disposat a moure els seus nervis i les seves altres parts de la manera que cal per a beure, i així augmentar el seu mal i perjudicar-se a si mateix, com li és natural, quan no té cap indisposició, d’ésser portat a beure per la seva utilitat per una semblant sequedat de la gola. I tot i que, mirant l’ús al qual ha estat destinat el rellotge pel seu artífex, podria dir que es desvia de la seva natura, quan no marca be les hores; i que de la mateixa manera, considerant la màquina del cos humà com havent estat formada per Déu per tenir en si tols els moviments que tenen el costum de ser-hi, tinc motiu de pensar que no segueix l’ordre de la seva natura, quan la seva gola és seca, i que beure perjudica la seva conservació; reconec tanmateix que aquesta darrera manera d’explicar la natura és molt diferent de l’altra. Car aquesta no és altra cosa que una simple denominació, la qual depèn completament del meu pensament, que compara un home malalt i un rellotge mal fet, amb la idea que tinc d’un home sa i d’un rellotge ben fet, i la qual no significa res que es trobi en la cosa de la qual es diu; enlloc que, per l’altra manera d’explicar la natura, entenc alguna cosa que es troba veritablement en les coses, i per tant que no és sense alguna veritat.

Però certament, tot i que pel que fa al cos hidròpic, això no sigui més que una denominació exterior, quan hom diu que la seva natura és corrupta, ates que, sense tenir necessitat de beure, no deixa de tenir la gola seca i àrida; tanmateix, pel que fa a tol el compost, és a dir, de l’esperit o de l’ànima unida a aquest cos, no és una pura denominació, més aviat un veritable error de la natura, ates que té set, quan li és molt nociu beure; i, per tant, resta encara per examinar com la bondat de Déu no impedeix que la natura de l’home, presa d’aquesta manera, sigui fal·lible i enganyadora. 

(Malgrat la bondat de Déu, la naturalesa està sotmesa a error) 

Per començar dones aquest examen, m’adono aquí, primerament, que hi ha una gran diferència entre l’esperit i el cos, en tant que el cos, per la seva natura, és sempre divisible, i que l’esperit és completament indivisible. Car en efecte, quan considero el meu esperit, és a dir, a mi mateix en tant que jo sóc solament una cosa que pensa, no hi puc distingir cap parí, sinó que em concebo com una cosa sola i sencera. I encara que tot l’esperit sembla ésser unit a tot el cos, tanmateix, si un peu, o un braç, o qualsevol altra part és separada del meu cos, és cert que per això no hi haurà res escurçat al meu esperit. I les facultats de voler, de sentir, de concebre, etc., no poden ésser dites pròpiament les seves parts: car el mateix esperit s’empra tot sencer a voler, i també a sentir, a concebre, etc. Però és tot el contrari en les coses corporals o extenses. Car no n’hi ha cap que no faci fàcilment peces pel meu pensament, que el meu esperit no divideixi forca fàcilment en moltes parts i per consegüent que no conegui com essent divisible. La qual cosa serà suficient per a ensenyar-me que l’esperit o l’ànima de l’home és completament diferent del cos, si d’altra banda no ho hagués aprés prou. M’adono també que l’esperit no rep immediatament la impressió de totes les parts del seu cos, sinó solament del cervell, o potser fins i tot d'una de les seves parts més petites, és a dir, d’aquella on s’exerceix aquesta facultat que anomenen sentit comú, la qual, totes les vegades que està disposada de la mateixa manera, fa sentir la mateixa cosa a l’esperit, tot i que tanmateix les altres parts del cos puguin estar disposades diversament, com ho testimonien una infinitat d’experiències, les quals no cal aquí recordar. M’adono també, ultra això, que la natura del cos és tal, que cap de les seves parts no pot ésser moguda per una part una mica allunyada, d'una manera que no ho pugui ésser també per cadascuna de les parts que són entre totes dues, tot i que aquesta part més allunyada no actuï. Com, per exemple, en la corda A B C D, que és completament tensa, si hom acaba de tibar i moure l’ultima part D, la primera A no serà pas moguda d'una manera diferent, que hom la podria també moure si tibés una de les parts intermèdies, B o C, i la darrera D restés tanmateix immòbil. I de la mateix manera, quan sento dolor al peu, la Física m’ensenya que aquest sentiment es comunica mitjançant els nervis dispersats en el peu, que en trobar-se estesos com cordes des d’allà fins el cervell, quan son tibats al peu, tiben també al mateix temps de l'indret del cervell d'on venen i al qual arriben i hi exciten un cert moviment, que la natura ha instituït per fer sentir el dolor a l’esperit, com si aquest dolor fos al peu. Però, com que aquests nervis han de passar per la cama, per la cuixa, pels ronyons, per l’esquena i pel coll, per estendre’s des del peu fins al cervell, es pot esdevenir que encara que llurs extrems que són al peu no siguin gens moguts, sinó solament algunes de les seves parts que passen pels ronyons o pel coll, això tanmateix exciti els mateixos moviments en el cervell, que hi podrien ésser excitats per una ferida rebuda al peu, per la qual cosa serà necessari que l’esperit senti en el peu el mateix dolor que si hi hagués rebut una ferida. Cal jutjar de manera semblant sobre totes les altres percepcions dels nostres sentits.

En fi, m’adono que, puix que de tots els moviments que es fan a la part del cervell de la qual l’esperit rep immediatament la impressió, cadascun causa només un cert sentiment, hom no pot desitjar ni imaginar res de millor sinó que aquest moviment faci sentir a l’esperit, entre tots els sentiments que és capaç de causar, aquest que és el més propi i el més útil normalment per a la conservació del cos humà, quan és del tot sa. Ara bé, l’experiència ens fa conèixer que tots els sentiments que la natura ens dona son com els acabo de dir; i per tant, no s’hi troba res que no faci aparèixer el poder i la bondat de Déu que els ha produïts.

Així, per exemple, quan els nervis que són en el peu són fortament moguts, passant pel moll de l’espina dorsal fins al cervell, fa una impressió en l’esperit que el fa sentir alguna cosa, és a dir el dolor, com si fos al peu, per la qual l’esperit és advertit i excitat a fer el que pugui per trobar-ne la causa, com molt perillosa i nociva per al peu. 

És veritat que Déu podria establir la natura de l’home de manera tal, que aquest moviment en el cervell fes sentir tota una altra cosa en l’esperit, per exemple, que es fes sentir a si mateix, en tant que és al cervell, o al peu o be en algun altre indret entre el peu i el cervell o en fi qualsevol altra cosa que pugui ésser; però res de tot això no hauria contribuït tan bé a la conservació del cos, com el que li fa sentir.

De la mateixa manera, quan tenim necessitat de beure, neix d’aquí una certa sequedat a la gola, que mou els seus nervis, i per llur mitjà, les parts interiors del cervell; i aquest moviment fa sentir a l’esperit el sentiment de la set, perquè en aquesta ocasió no hi ha res que ens sigui més útil que saber que tenim necessitat de beure, per a la conservació de la nostra salut, i així els altres.

 D'on és completament manifest que, malgrat la sobirana bondat de Déu, la natura de l’home, en tant que és composta de l’esperit i del cos, de vegades no pot no ésser fal·lible i enganyadora.

 Car si hi ha alguna causa que excita no en el peu, sinó en alguna part del nervi que s’estén del peu fins al cervell, o fins i tol en el cervell, el mateix moviment que es fa normalment quan el peu és en mala disposició, hom sentirà el dolor com si fos al peu, i el sentit serà naturalment enganyat; ates que un mateix moviment causa en l’esperit un mateix sentiment, i aquest sentiment és excitat molt més sovint per una causa que fereix el peu que per una altra que és en un altre lloc, és força més raonable que dugui a l’esperit el dolor del peu que el d’alguna altra part. I, tot i que la sequedat a la gola no ve sempre, com normalment, del fet que beure és necessari per a la salut del cos, sinó de vegades d'una causa del tot contrària, com experimenten els hidròpics, tanmateix és molt millor que s’enganyi en aquesta ocasió, que si, al contrari, s’enganyés sempre quan el cos és en bona disposició; i així els altres. 

(Rebuig dels dubtes hiperbòlics i ridículs) 

I certament aquesta consideració em serveix forca, no solament per a reconèixer tots els errors als quals la meva natura és subjecta, sinó també per evitar-los, o per corregir-los més fàcilment: car, sabent que tots els meus sentits em signifiquen més ordinàriament el veritable que el fals, pel que fa a les coses que es refereixen a les comoditats i incomoditats del cos, i podent gairebé sempre servir-me de molts entre ells per a examinar una mateixa cosa, i ultra això, podent usar la meva memòria per lligar i ajuntar els coneixements presents ais passats, i el meu enteniment que ja ha descobert totes les causes deis meus errors, ja no cal que temi en endavant que es trobi falsedat en les coses que em son representades habitualment pels meus sentits. I haig de rebutjar tots els dubtes d’aquests dies passats com a hiperbòlics i ridículs , particularment aquesta incertesa tan general respecte al somni, que no podia distingir de la vetlla: car en el present trobo una notable diferència, en el fet que la nostra memòria no pot lligar i ajuntar els nostres somnis els uns amb els altres i amb el seguit de la nostra vida, com té el costum d’ajuntar les coses que ens esdevenen quan estem desperts. I, en efecte, si algú, mentre estic despert, se m’aparegués de sobte i desaparegués igual, com fan les imatges que veig dormint, de manera que no pogués adonar-me ni d'on venia, ni on anava, no seria pas sense raó que estimaria que és un espectre o un fantasma format dins del meu cervell, i semblant als que s’hi formen quan dormo, més que no pas un veritable home.  Però quan percebo coses de les quals conec distintament el lloc d'on venen, i el lloc on són, i el temps en el qual se m’apareixen, i que, sense cap interrupció, jo puc lligar el sentiment que en tinc amb el seguit de la resta de la meva vida, estic completament segur que les percebo en la vetlla, i no pas en el somni. I no haig de dubtar de cap manera de la veritat d’aquestes coses, si després d’haver cridat tots els meus sentits, la meva memòria i el meu enteniment per a examinar-les, res no m’ha estat dit per cap d’ells, que sigui repugnant al que em diuen els altres. Car del fel que Déu no és enganyador, se’n segueix necessàriament que en això no sóc pas enganyat. 

Però, com que la necessitat deis afers ens obliga sovint a decidir-nos, abans que hàgim tingut el lleure d’examinar-los prou acuradament, cal admetre que la vida de l’home és subjecta a equivocar-nos forca sovint en les coses particulars, i, en fi, cal reconèixer la fragilitat i la feblesa de la nostra natura.


Bibliografia: 
BOSCH VECIANA, Antoni i altres autors: Atena. Lectures de filosofia batxillerat 2012-2013. Editorial La Magrana: Barcelona 2012 (pàgines 149-166)

Webgrafia: 
http://blocs.xtec.cat/enraonar/files/2011/08/DESCARTES-MEDITACIONS-METAF%C3%8DSIQUES.pdf
http://image.slidesharecdn.com/descartes3-100116042136-phpapp02/95/descartes-3-9-728.jpg?cb=1263637321